sábado 7 de febrero de 2009

“Una Propuesta..."

«El porvenir» es el estado desordenado de lo posible, mezclado con todos los grados de lo probable. (1924-1925. Z, X, 461.)
Paul Valéry.

Intentaba escribir con la distancia acostumbrada, ya saben, con menos pasión que una conversación acodada de café, la presentación que pusiera epílogo a esta sencilla actividad que ha sido “Una Propuesta...”, y que todos vosotros –los que habéis impartido una clase magistral y escuchado con atención y ensimismamiento la de los demás-, habéis convertido en una amable cita en el calendario de actividades de esta Escuela -que dicho sea de paso con el material humano que aquí se emplaza cada año, no es difícil. Desconozco la razón de esta fecundidad pero no hay semilla que caiga distraídamente entre estas paredes que no fructifique a pesar de los inconvenientes que encuentre en su camino.

“Una Propuesta...” ha sido una semilla compartida por todos y por tanto un merecido premio al esfuerzo de cuantos quisisteis jugar a contar cosas, a decirlas en voz alta, a creer en lo que pensabais, a soñaros distintos, y a descubrirnos al resto, a los asombrados, lo que sólo guardabais para vuestros alumnos y allegados... Gracias por vuestra generosidad, muchas gracias.

De Finales
y acabamientos.

Me proponía escribir un texto final y puede que sólo sea capaz de conjurar un final sin texto, en cualquier caso, allá voy.

Escribo estas frases un día de mucho viento. Viento que hace rodar la regadera, algún tiesto vacío y ese libro olvidado en la silla que ahora en el suelo la corriente abofetea de izquierda a derecha como las plumas de un pájaro abatido o los peces muertos entre olas. La única diferencia es que al pájaro o al pez nunca llegaremos a verles desaparecer del todo, los mantendremos latentes en ese estado intermedio en el que ingenuamente su cuerpo, pensamos, aún les promete una oportunidad cuando quitemos nuestros ojos de encima, mientras que al libro, este aire a carrillos llenos le va arrancando las hojas a mechones hasta no quedar ninguna, haciéndolo desaparecer por completo. Una manera de llegar al final poco común pero, a fin de cuentas, un final.

Ningún libro acaba cuando se termina de leer. Los finales no existen; cuando acabas de leer un libro, cuando éste llega a la última palabra, lo cerramos en acto reflejo ayudando al escritor a poner fin a la historia que a partir de ese momento se anudará a nuestra vida indefinidamente. Si no hacemos por acabar el libro, y por cerrarlo también, los personajes y sus conflictos saltarán a nuestra vida cotidiana y ya no distinguiremos las respuestas de las preguntas, lo que nos duele de a quienes herimos.


De finales sabemos todos pues desde esa perspectiva podemos visualizar el principio y tantear el camino, con su multitud de errores e insospechados aciertos. No en vano el final no se produce siempre al final, sino que capitula, ondula y frecuenta cada gesto que hacemos para testar la validez de nuestros actos y, por qué no, la posibilidad de seguir existiendo. Todo principio busca un final -menos en Beckett. Y en cierta forma, todo texto que se inicia va en busca de su propio final. No tiene que conservar una estructura determinada y puede incluso finalizar en el mismo punto que se inició, pero el texto avanza irremediablemente hacia un final –hacia esas últimas palabras que acompañan el desenlace de la historia y que muchas veces por precipitación parece más un ringorrango que un verdadero final, con el permiso de Amos Oz.

Me había propuesto escribir un final alegre y tintineante, lleno de destellos de humor y banderines de agradecimientos, en el cual, valiéndome de los recuerdos que se agolpan en mi cabeza pusiera orden a los años trascurridos desde mi llegada a esta Escuela; una suerte de horquilla del tiempo con cambio de siglo incluido, que me permitiría reconstruir parcialmente un pedacito de la historia profesional más hermosa que haya podido vivir. Pero rápidamente he desistido, considerando que el sesgo de mi mirada estaba más próxima al delirio melancólico que a la celebración de un adiós entre amigos, por lo que de ningún modo debía de convertir este texto en un látigo que azotase su paciencia (la de ustedes).


De repente me siento atenazado, no encuentro el tono para comenzar, por más que busco entre los principios que merecían una historia con un final a su mismo nivel. Todo lo que tengo no merece el tiempo ocupado en leer esta página. Y les aseguro que estas palabras que leen no se han escrito una vez, fueron las finales antes de repasar el texto que, como en un ejercicio de contorsionismo moviendo palabras y tachando frases he agrupado bisbiseándolas. A la vista del inminente final que a cada paso se me atragantaba, había optado por copiar una despedida brillante de un escritor de verdad, incluso de un académico, un poco al estilo del personaje escritor-espía-voyeur de Vila-Matas... Pero tampoco he querido hacerlo. Ni tengo la serenidad para ir en busca del párrafo perfecto en algún novelón de amor romántico, ese que extractado quedaría mono, incluso me daría un perfil de escritor de fugaces adioses inteligente. Un perfil tan lejos del mío propio que arrancaría carcajadas en el momento en que pretendiera acongojar los corazones... pero ahora que me doy cuenta, estas frases se parecen mucho al estilo del personaje citado de Vila-Matas.

Me proponía que este final –el que alcance como rotundo colofón de estas páginas- abriese un abismo acolchado tras su lectura que dejase al lector suspendido en algo parecido a un mullido cielo azul, una sensación de ingravidez como la que he sentido tantas veces al mirar al cielo de Menorca, tumbado en sus playas, o el de cualquier cielo azul, azul, donde uno se aleja flotando de todos los problemas arrebatado por el vértigo de la inmensa nada de color, dejándonos tragar, y mareándonos hasta el punto que si deseamos regresar, volver a sentir el cuerpo, deberemos de rebozarnos en arena para reconquistar primero nuestra propia piel. Pero de nuevo se ha frustrado. No conseguía el efecto deseado con palabras. Lo he intentado –en el suelo de la habitación están los papeles de los cientos de ensayos que no negarán mi esfuerzo, esos que no han llegado a satisfacerme aunque fui capaz de conjurar las palabras a base de acuarelas, simulando el tono, y pensando que mi cerebro traduciría el color por un jardín de conceptos y bellas adjetivaciones así como le funciona, pensaba yo, la cabeza a los pintores. Todo ha sido en vano. No consigo despegar de estas pocas frases, y empiezo a sentir como si el abismo me tragara verdaderamente, y el mullido colchón que yo creía ver, sólo lo soñara, tan azul como el cielo, eso sí, con la excusa de no ver el pozo en el que me encuentro, o simplemente es que estoy con la nariz pegada a la tierra y de ahí ese olor a mohosa humedad que llevo respirando tanto tiempo... un tufo lapidario que me espanta.

Me proponía no defraudar a quien leyese estas apuradas líneas, pero alejándome un poco de la arrogancia del que se sabe leído, he caído en la cuenta tarde, cómo no, de que el lector no siempre quiere acompañarte en el viaje emprendido. Lo que sí hace el lector es donar tiempo, cedértelo para saber si tú, el que propone un conflicto, eres capaz de llenarlo con mayor destreza y sabiduría que lo haría él mismo con sólo mirar por la ventana. La perspectiva para satisfacer esa generosa cesión se me aparece imposible, y desisto de proponer una aventura histórica por los entramados de un cuadro; muchos otros, que tan bien conozco y con los que he trabajado en esta Escuela, tienen el poder de montar fabulosos bastidores conceptuales en la urdimbre de las obras de arte y exponerlo tan sencillamente como se abren las lamas de una persiana, procurándonos una mirada nueva, hasta el punto de que soy yo quien prefiere donar mi tiempo, porque tan pobre y deshilachado capital temporal me es devuelto siempre con generosa desmesura en forma de un elegante traje que, harto de comprobarlo, no hubo vez que no me viniese grande.

Me proponía que el final fuera deslumbrante inyectándole la carga necesaria de anécdotas para darle empaque (la mayoría agrandadas por la distancia –ya se sabe que la memoria funciona al contrario que la vista), y tampoco he sabido vencer mi timidez. Lo que de verdad estoy buscando es establecer un principio, uno sólido, o al menos válido desde el que proyectar mis anhelos con distancia suficiente, y así dar con un final distinto a los finales de los libros que he leído, casi todos finales que acaban con una mirada en rededor, una elevación mística, una brisa seca que se abandona como un perfume antes de girar la última página, etc.


En este perseguido final pretendía atajar cualquier propósito aciago que forzadamente me asaltase durante su redacción. Y súbitamente lo tenía. El final perfecto con el que sueña cualquier escritor para dar inicio a su relato ¡Lo tenía! El final que hace olvidar una historia, el final de finales que irradia el brillo del éxito, lo tenía y lo estaba viendo, tan grande y luminoso como el “Toro Farnese”, incluso tenía que reprimirme para no desarrollar la cantidad de posibilidades que se abrían delante de los ojos, no fuera que un extraordinario final se trasformara en un apoteósico comienzo... Lloraba de excitación, jamás he estado tan cerca de la belleza, y era tan hermoso, tan real, bastaba encontrar esa imagen que graba la escena a fuego en la memoria cuando, por culpa de aquella maldita mariposa de vidrio amarillo de Murano que empujada por un libro mal colocado, resbaló del mueble, y cayó dentro del Vase Savoy de Aalto, en inesperada y sonora explosión de color, se me borró el fantástico final que me sobrecogía y con el que ingenuamente narciseé antes de atraparlo... Ahora tenía humo de nadas y un puzzle de vidrio de 3000 euros... Con furia decidí que para esta presentación no deseaba tampoco un final confitado de diseño. Pisé alguna esquirla invisible, sangré un poco y sentí que expiaba la incapacidad para dar comienzo a este final que se me resistía a cada coma. Me hice un improvisado vendaje para detener la hemorragia y algo me dijo que esta presentación se me escapaba como la sangre de mi herida y que ningún vendaje valdría para detenerla ni para ocultar a los ojos de sus futuros lectores las enormes deficiencias que se levantaban ante mí como ochomiles heroicos.


He escuchado en ocasiones a presentadores (de libros o escritores), decir que “los finales no se conocen”. Y puede que tengan razón, que los finales sean ignotos, y muy pocos se atrevan a vaticinarlos, aunque es cierto, como me comentaba un conocido novelista, que los finales “son un castigo”. Carezco de la sabiduría para elegir entre construir la historia del revés o precipitarme lentamente hacía un final por exclusión. Lo que no pienso discutir con nadie es cómo se llega al final, y ni una palabra con los agoreros que identifican final y muerte, pues muchos sofocos me cuesta a diario olvidarme de dicha idea como para traerla a colación socorridamente a estas páginas finales.


Pudiera ser que los finales se acorralasen, da igual si aparecen antes de ponerse a escribir o si se trasmutan en otra cosa camino de la desembocadura de la historia... Los finales se encañonan, y enfilan el último tramo hacía su destino sin consultar su conveniencia al escritor, a pesar de que éste ponga diques salvando un momento único o sacralice una imagen simbólica que lo catapulte al limbo de los finales de autor para el resto de la eternidad; el final expulsa lentamente lo que le sobra restando tallos a la historia, conduciendo a los personajes a un estrecho canal en cuya abertura última distinguimos una luz sin color que atravesaremos solos, por la que no cabe ni un acento de la historia que acabamos de dejar finalizar, burlando a la muerte y cogiendo fuerzas para dar un salto a otro libro, o pasear en silencio.


Me proponía que este final fuera escrito, y a la vez notaba la feroz resistencia de no sustituir el maldito texto por un dibujo ¡Cuánto mejor si pudiera cambiarlo por un dibujo! Y no porque dibujando piense que puedo traducir mejor mis emociones, sino porque el dibujo, ¡me ahorraría tanto trabajo! Pues, como todos saben: un dibujo no es final de nada. ¡Ya está!, solucionado. Decido hacer un dibujo y doy por terminado este ridículo y a cada paso, malogrado texto. No cabía fallar, estaba todo preparado hasta que, de repente, recordé como un navajazo las palabras de Gustave Flaubert sobre las ilustraciones en los libros: “Mientras yo viva nunca ilustrarán mis libros, porque: hasta la más bella descripción literaria es devorada por el dibujo más pobre”. Me desinflo... Que poco duran las estratagemas con las que intento auxiliarme. Definitivamente no habrá dibujo, me digo, y agujereado como un cráter por la rabia parto en busca de otro final ahora que el iracundo de la Bovary me cierra otra puerta.

Me proponía no dejarme arrastrar por el nihilismo alimentado de la desesperanza posmoderna que he comprobado produce tanto placer como rascar un picor eterno, y he abierto los ojos para ver si era posible un final a la medida de los hechos, fundamentado en la energía trasmitida con esta acción educativa que ha sido a los largo de seis años “Una Propuesta...”. Pero cierro los ojos con fuerza porque no soporto la idea de poner punto y final a esta aventura, y sigo buscando, lentamente, puesto que, cuánto más se prolongue mi búsqueda más tiempo tengo para que se me pasen las bocanadas de coraje que me asemejan a un besugo en las redes de un pesquero.

Me proponía, ahora sí, llegar a un final... el que fuese. Y para ello comenzaría por despojarme de prejuicios esperando que al final de este párrafo se descubriese por eliminación dicho final, el superviviente supongo, que yo desconocía por completo. Dicho esto me dejé caer por el tobogán con la única exigencia de no detenerme a modo de una suerte de eutanasia literaria: No quería un memorándum, y por supuesto tampoco una seca despedida; se acabó ir en busca de un adiós epatante como las nubes de los catecismos; quería alejarme de cualquier clase de final arborescente, ese tipo de final que ramificado al extremo nos anuncia que vendrán secuelas hasta acabar confundiendo la trama con el garabatear de la pluma y su entretenido cosquilleo entre los dedos; aparté mi vista de los finales floridos y de los demasiado minimalistas; me he negado a caer en la desdicha de un final lacrimoso, incluso del vengativo, tan de moda en la literatura articulista y para el que me faltan razones o un dedo para señalar como si fuera una recortada; me sacudí, como un perro se sacude el agua, finales que contaban cómo los perros se sacuden el agua, por parecerme que pueden acaban salpicando las páginas de una biblioteca entera; Por supuesto no admití finales que oliesen a final como carne podrida, esos que desde la página dos ya sabes cómo acabarán; di por sabido que habría finales innecesarios de los que no tendría que preocuparme por no tener que ver con lo que contaba..., aunque no he sido capaz de saber que es lo que quería contar, o es que se me acabó al principio pues desde el principio sólo me preocupaba el final; escabullí los finales paroxísticos a los que soy tan propenso; retiré los finales que acababa de puntillas y también los embellecidos artificialmente; no di una oportunidad a los que tenían intención de sobresalir del texto que le precedía; Acabé de inmediato con los finales que tenían un solo protagonista y un solo escenario; Invalidé aquellos finales –y no eran pocos-, que perseguían una intención moralizante y por si no eran bastantes, también sacudí los que jugando a fabularse en la cabeza de un alfiler pretendían de epitafio una moraleja; se fueron perdiendo los finales felices –ya lo siento-, y no porque no me gusten, sino porque me ponía triste pensar que abandonaba sin cuidado una llama de esperanza rodeada de tanto papel y tinta en estas páginas, y no me fié de que en un descuido el libro se prendiera con fuego borgiano; no contemplé la posibilidad de finales concretos que tuviesen su raíz en el pasado; ni los obsesivos que dejan un rastro geométrico; tampoco los festivos ni en los que se huye a otro lugar, a otro paisaje; arrugué los finales en los que el protagonista –de haberlo-, se aleja dando la espalda a no se sabe qué; guardé en el fondo de un cajón, junto a la frustración y la pereza, los finales que otros escribirían, los sugeridos, los que había escuchado, y los que todos darían por bueno; taché los finales que pudieran recordar a finales épicos para no confundir al lector –ni a mí mismo; no quería muertos, ya he dicho, ni cadáveres, ni orquestas desafinadas e inquietantes; no supe abandonar hasta los estertores de esta cadena de negaciones los finales en technicolor llenos de adjetivaciones gratuitas como la paga de los domingos; até piedras y tiré al río los finales cargados de violencia verbal y los que como una caja fuerte custodian un secreto; me deshice de los finales que sugieren que todo ha sido un sueño y de aquellos que dejan un resquicio a la reconciliación –los primeros por ñoños, los segundos por crueles; huí de los demasiado cortos, es obvio, los telegramáticos y de los finales para iniciados; no perseguí a los finales de urgencia; ni siquiera miré los finales apuntados en mi cuaderno de finales, pues estos me suenan a voces búlgaras y he dejado de entender; nada de caóticos ni manchados de nostalgia que son la peor compañía para navegar, y que a poco que te confías, encallan sin aviso. Aligerando, aligerando, me libré de los finales improvisados o los extremadamente sesudos que siempre me recordaron a la palabra Casaca,Mmnnnn mmnnn..., Mnnn..., Mnnnnmmm... y no quería vestir de ese modo final alguno; no tuve en cuenta los finales a bayoneta y cuchillo como los que durante años me habían defendido, para eso no merecía la pena haber comenzado; no me costó despedirme de los finales que mi cabeza dictaba incansablemente, una y otra vez, una y otra vez, y para ello adormecí mi pensamiento tarareando una melodía...

Y este no me pareció un mal final... Una melodía. Una música cualquiera, como esas que nos acompañan, ora silbando, ora cantando, pero tan inocuas que del mismo modo que llegaron se van, y para nuestro asombro, no vuelven a nosotros nunca más, se borran por entero. Hasta que un día, donada por azar, de nuevo la recuperamos aunque sólo nos sirva para olvidarnos de la amargura, sonreír un rato, o mojarnos los labios con la lengua para seguir silbando, para que otros nos escuchen, para salir de nuestro cuerpo, convertirnos en silbo, ser libres... sólo aire.
XIX.

Palideced verdes
el blanco frío
ya toca las cumbres.

sábado 6 de septiembre de 2008

Valle de Nara.

Los ladrillos eran tan rojos que la casa parecía brotar de una herida en el monte. La casa era grande, tan grande como diez árboles. En tiempos cupo de todo: Un caballo, seis vacas, cinco perros, siete terneros, once cabritos, palomas, conejos, corderos, cuatro niñitos, el pastor y su mujer. Pero todo aquello es historia. La miseria se había instalado en aquellos montes. La cancela del cobertizo siempre estaba abierta pues nada tenía que guardar, y la puerta chirriaba como un cerdo en matanza. Pero esta vez no había cerdos; acababan de sacrificar al último y para tener de nuevo hacía falta cambiarlos por cabras; aunque esta vez el trueque sería otro. “Dos hijos por un burro y un buey”, dijo aquel hombre, iluminado por un relámpago mientras la madre asentía con mirada ausente. Decía que a las cuatro bocas no tenía qué darles de comer, y que apenas ayudaban en la temporada de cosecha, tan escuálidos y faltos de fuerza, y que se asustaban al ver desnucar a los conejos o tronchar el cuello a las palomas. Y que el burro no le daría tanto sacrificio; y que si algún animal se ponía enfermo, lo mataba y sanseacabó. Decía que su marido nunca estaba en la casa y que ella no descansaba, que le dolían las manos de tanta tierra y agua, y que sus huesos se le movían como piedras en saco. El trato se cerró en la puerta del cobertizo, no hubo manos ni papeles aquella tarde lluviosa. Sus hijos la escucharon hundiendo sus cabecitas en el pecho lejos de la lumbre, envueltos en húmedas y malolientes pieles. A la mañana siguiente el hombre se acercaría para llevarse del ovillo que formaban a dos de los pequeños, pero esa misma mañana, la madre sacó del cajón un gran cuchillo de matarife, el mismo con el que su marido terminó con aquel otro pastor, y dicen que persiguió a los niños por la casa como si una gata se lanzase de uñas a por cuatro jilgueros en una habitación sin ventanas. No falló; acabó con todos. No hubo gritos; qué gritos caben oírse cuando se cava un túnel en el miedo con la garganta en carne viva. Ella, se ahorcó en el bosque, y las bestias se la comieron poco a poco: primero los pies, luego el resto. Del marido no se sabe nada, unos dicen que vaga loco por la montaña, otros cuentan que le han visto jugando cerca de la charca, junto al Valle de Nara, con cuatro maderitas pulidas que hace sonar entre sus dedos... Los ladrillos siguen tan rojos, y aunque los montes y el valle hoy son otros, mi padre siempre lamenta entre lágrimas no haber tenido otro buey, otro burro más, aquel día: “Era todo lo que tenía... Eran malos tiempos para todos”.

jueves 4 de septiembre de 2008

La...

Estaba entusiasmada y sonriente; feliz. No le importaba la nieve, los charcos, ni aquel frío que congelaba el aliento. Saltaba y brincaba como una potrilla recién nacida; tan desnuda como ella. En su lengua trabada una canción irreconocible macerada por los temblores. De su boca un nombre, y cada vez que lo pronunciaba, se detenía y lloraba. Ayer conocí el principio de la historia.
Saluda

Saluda al soldado que te ha liberado, saluda al alférez que lo alentó, saluda al Teniente que odiaba al Capitán amigo del Mayor que brindó con el Coronel, saluda al General de Brigada de atusado bigote que acompaña al Teniente General, saluda al General del Ejército y a su sonrisa de sastre. Saluda ahora que te estás muriendo, no vayan a pensar que eras descortés y lo tenías merecido. Saluda y aguanta..., que están mirando.

miércoles 11 de junio de 2008

Levante

Dejaba las manos dentro del agua porque decía sentir el frescor del mar y sus corrientes. Y esta segunda afirmación era muy cierta: podía sentir la corriente marina y descubrir en qué lugar de esta infinidad azul se pescarían los más sabrosos peces, y como vimos después, también los más asombrosos. Aquella mañana introdujo su mano en las aguas algo turbias del rompiente junto al puerto, abrió mucho los ojos y la boca, dando con ella simpáticos bocados al aire, luego, silbó como dejando escapar el aire de sus labios sin demasiadas ganas, y acto seguido predijo: "-hacia Levante". Nos sonreímos cómplices por lo inusual de la situación aunque no dudamos en zarpar con el barco en la dirección propuesta, sacudiéndonos la ansiedad que desde el principio nos auguraba el éxito del pronóstico. Pero, al poco de comenzar la prometedora jornada de pesca, algo se torció. Sin darnos cuenta, las nubes se cerraron sobre nuestras cabezas, y las aguas se oscurecieron de un color casi negro, batiéndose irrealmente y provocando el pánico entre los cinco amigos que íbamos en aquel barcucho. No dio tiempo a pensar nada más. Una montaña de agua nos barrió sin compasión de la cubierta en la que absortos por la grandeza del suceso permanecíamos paralizados; el agua nos abrazó y hundió con fuerza envueltos en espuma y miedo. La barca desapareció y todos nosotros, perecimos.

Entonces, pensarán ustedes, cómo es posible que yo les esté contando esta historia si, como aquellos amigos, acabé perdido para siempre en las frías aguas de este inusitado mar. Es sencillo -aunque no me atreva a explicarles cuál es el fundamento científico que me permite hablarles después de muerto-, aunque la razón quizá sea, la indignación y la sospecha de que toda aquella tragedia fue premeditada; un asesinato perpetrado sin piedad por aquel misterioso individuo que metía la mano en el agua en busca de las corrientes. Mientras nos hundíamos y el aire me iba hinchando el pecho por temor a perderlo y no quedara ni una gota de oxígeno, pude ver como aquel maldito ser se internaba en las profundidades, tranquilo, desenvolviéndose con seguridad bajo el batir de las olas, cuando, con estupefacción admiré su extraña transformación: sus piernas juntas iban formando una larga y gruesa cola de pez acabada en una hermosa y escobada media luna; su cuerpo se curvaba perdiendo los brazos y naciéndole de la espalda una cordillera de espinas y dos aletas puntiagudas, como las que debajo de su pecho empezaban a brotarle; su rostro, ahora sí, me era tan familiar que di un trago a la salada agua del mar asombrado por el parecido con el individuo siniestro que antes fue un hombre, eso parecía, y después fue un pez, o en eso se transformó. Bajo el mar la turbidez cesó y el Sol alumbraba tímido el fondo marino que nos tragaba, poco a poco, hasta irisarlo todo y llegar a sentir su calor. La última vez que miré a mi alrededor creí ver a mis cuatro amigos nadando velozmente junto al indescriptible Ser camino de la superficie. Y no me equivoqué. Lo que les ruego a ustedes, si me permiten que acabe aquí mi relato, se aproxima la noche, es que no me exijan que les cuente a que debo mis agallas, esta enorme cola de colores, y el deseo de permanecer flotado eternamente solo en estas aguas.

jueves 10 de abril de 2008

Eutanasia.

La lluvia amenaza el valle que a mi llegada abracé como cuna de musgo y ramas. Hoy me miro las manos, me fijo en los dedos rotos de esfuerzo y me toco el rostro intentando reconocer algún rasgo físico de aquel que fui. Me sueño, y aunque no me reconozco, mis ojos siguen llorándote recordando la tarde en que adornabas lo mucho que me amabas, como una perfecta actriz de teatro, cuando gritabas al amor con palabras que arrancaban, pretendías, la poca vida que me quedaba. Muero, y ni siquiera ahora te quiero, pero mátame antes que aparezca el odio, que hoy si muero, muero de viejo.
Si antes de que salga...

Si antes de que salga la luna has cerrado los ojos no verás entre las copas de los árboles a los chillones murciélagos, a los aviones por sus luces, a los veloces satélites, ni las nubes iluminadas por la espalda... cosas sin importancia, me decías. Si antes de que salga el Sol no has despertado te perderás el olor del rocío, la humedad del suelo retemblando de frío, el agua sonar en el río como ropa limpia que se dobla y a lo lejos las campanas que recuerdan que hoy comienza un día, imposible de repetir mañana. Si no despiertas ni esta noche, ni luego, ni pasados tres días, será que has decidido acompañarme en este oscuro y sordo viaje; pero si no es así, si regresas a la vida, recuerda y no olvides el cariño, los besos, y el sexo de las tardes envuelto en el jersey dentro de la cartera colgada tras la puerta.

domingo 16 de diciembre de 2007

De un sueño.

Con el aire que entra por mi ventana me he fabricado un torbellino que arranca el papel de las paredes y la alfombra hace flotar como la de Aladino, y me he subido en ella, dejándome mecer por los terribles vientos, aguantando el daño con el que me golpean los libros, esquivando la lámpara que quema, y el armario abierto al infinito. Cómo me hubiera gustado naufragar encima de mi cama y ahogarme en el sueño, de no ser porque encima de esas cajas, en lo más alto junto al techo, he visto de nuevo tu fotografía, y tu recuerdo borra el aire, me seca la boca, pega las tripas y acaba con todo intento de vencer a mi mediocre fantasía.

sábado 15 de septiembre de 2007

"Parapoema".

Trato de recordar, los amaneceres al frescor del trigo en verano, los mediodías enfundados en la zamarra mientras podaba los árboles en otoño, las tardes de grisura azulada frente a la montaña nevada en invierno, y las noches deseando que se detuviera el mundo en primavera para disfrutar de cada segundo que pasabas a mi lado imaginando que el Sol nunca saldría. Permanecimos tanto tiempo juntos que sólo quedó de los días tu rostro y de tu rostro su piel en verano, sus ojos en otoño, en invierno su nariz , y su boca en primavera. Tanto es así, que ahora que ya no estás aquí el tiempo ha desaparecido; trato de recordar, sí, pero es que no te olvido. Ya ves, intenté nacer para poema y me he quedado en hojarasca.